El último día del año, es un día como otro cualquiera. Lo único que lo diferencia de los demás es una "gran cena", con ingesta masiva de doce uvas en corto período de tiempo al ritmo del tintan de la campana del pueblo.
Sería igual que los demás sino fuese por el desmelene de más de uno de la familia que da la nota y por la orquesta de turno que toca desde Manolete a Paquito el Chocolatero pasando por KyleMinogue de por medio. En ese punto exacto decides que es mejor salir con los colegas a quemar lo que queda de noche.
Entras en los locales de siempre, pero previo pago, por ser el último día del año. Te adornan con un par de lazos horteras y te cargan con una bolsa llena de juguetes para niños de dos años que consisten básicamente en soplar o dar golpes para hacer ruido.
Luego, visto lo visto, decides darte a la barra y ahogar las penas del año. Al cabo de unas tres horas, te da igual de que te vistan o que música te pongan, bailas, saltas y das coces. Más lo último que lo demás, dado que a diferencia de otros días en el local ya no coge ni una aguja.
Harto de hacer ejercicio, te vas a tomar al primer lugar que encuentras abierto con todos tus amiguetes hechos unas bragas un chocolate con churros, o lo que tenga para jalar.
Con unas ojeras del quince, el estómago reventado, las piernas destrozadas y la ropa de gala hecha un desastre optas por meterte en cama sin ducha previa y dormir hasta el día dos del siguiente año por lo menos.
Eso si, la cantidad de recuerdos conmemorativos de este día que se llegan a acumular con el paso de los años da para varias novelas.
Nota de autor: esta descripción es puramente biográfica.
Sería igual que los demás sino fuese por el desmelene de más de uno de la familia que da la nota y por la orquesta de turno que toca desde Manolete a Paquito el Chocolatero pasando por KyleMinogue de por medio. En ese punto exacto decides que es mejor salir con los colegas a quemar lo que queda de noche.
Entras en los locales de siempre, pero previo pago, por ser el último día del año. Te adornan con un par de lazos horteras y te cargan con una bolsa llena de juguetes para niños de dos años que consisten básicamente en soplar o dar golpes para hacer ruido.
Luego, visto lo visto, decides darte a la barra y ahogar las penas del año. Al cabo de unas tres horas, te da igual de que te vistan o que música te pongan, bailas, saltas y das coces. Más lo último que lo demás, dado que a diferencia de otros días en el local ya no coge ni una aguja.
Harto de hacer ejercicio, te vas a tomar al primer lugar que encuentras abierto con todos tus amiguetes hechos unas bragas un chocolate con churros, o lo que tenga para jalar.
Con unas ojeras del quince, el estómago reventado, las piernas destrozadas y la ropa de gala hecha un desastre optas por meterte en cama sin ducha previa y dormir hasta el día dos del siguiente año por lo menos.
Eso si, la cantidad de recuerdos conmemorativos de este día que se llegan a acumular con el paso de los años da para varias novelas.
Nota de autor: esta descripción es puramente biográfica.




