11 noviembre 2008

Recuerdo infantil

Hace días ponía la letra de Clavelitos, a modo de recuerdo y por si alguien quería recordar o aprenderse la letra para dar el campanazo bajo la ventana de algún amor. Y con un doble sentido hasta era una manera de poner flores en un día de difuntos de una manera alegre. Hoy una poesía de Machado muy conocida que me aprendí cuando era niña, aunque esto supongo le sonará a más de uno.


Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de lluvia tras los cristales .
Es la clase. En un cartel
se representa a Caín
fugitivo, y muerto Abel,
junto a una mancha carmín.
Con timbre sonoro y hueco
truena el maestro, un anciano
mal vestido, enjuto y seco,
que lleva un libro en la mano.
Y todo un coro infantil
va cantando la lección;
«mil veces ciento, cien mil;
mil veces mil, un millón» .
Una tarde parda y fría
de invierno. Los colegiales
estudian. Monotonía
de la lluvia en los cristales.

Con esta poesía siempre recuerdo mis diez años, en clase con mis compañeros y vecinos de igual edad, mientras corríamos por toda la clase mientras no entraba la profe. Llovía y los cristales se empañaban. Era también una tarde parda y fría. Siempre pensé que estaba escrita para que yo la leyera, "ignorantemente".

7 comentarios:

Casandra dijo...

Qué recuerdo tan bonito!! ^_^ Quién pudiera regresar a la infancia!! Un besito!! :o)

kencho dijo...

Alahhhhhhh, que nostálgica se pone !!!

Ego dijo...

Santa María!!! Yo también la aprendí en la infancia. Juro por la Estigia que no me acordaba de ella, y que ahora la memoria palpita. Se me ha quedado regusto de manzana en la boca.
Efjaristó

Azusa dijo...

¿y sabes de qué año es? porque si es a partir de 1907 igual la escribió cuando tenía la cátedra en Soria y esa "tarde parda y fría" se la inspiró mi tierrica (fría como ella sola)

Besotes, Foresita

Lúa dijo...

pues si, qué recuerdos!!! ays!!

esgrasiao dijo...

ese es el antonio machado, un hombre con mala suerte en su vida como yo

David dijo...

Yo también recuerdo la lluvia a través de los cristales, aunque el poema que siempre me viene es el de Espronceda, el que todo el mundo conoce. Quizás porque yo era chico, y aunque no había cien cañones por banda, las bolas de papel y las tizas volaban igual que balas de cañón, de la borda de un lado de la clase, a la borda del otro.